Hoy entré a un almacén a comprar un pantalón, y mi hijo otro. Mientras el joven vendedor nos atendía, vi a otro relamerse de envidia por no ser él quien nos atendía. Me vino a la memoria aquel compañero envidioso de hace años: cada vez que yo hacía una buena venta, su cara cambiaba como la de un camaleón. Entendí que la envidia no tiene edad ni oficio – se repite igual, en cualquier época.