Muchos me decían de niño que el accidente de mi padre fue muy duro, porque pasó seis meses en muletas. Yo les respondía: no lo recuerdo con muletas, lo recuerdo conmigo, jugando canicas con mis amigos, enseñándonos cómo jugaban ellos. Hoy entiendo que cada edad tiene sus propios recuerdos, y esos nunca se van, aunque los demás recuerden otra cosa.